Concursos, cierres y fábricas paralizadas: la crisis textil ya arrastra a empresas históricas en todo el país
En lo que va del año, diversas compañías recurrieron a concursos preventivos, reestructuraciones o cierres para intentar sobrevivir a una combinación que el sector define como “explosiva”: desplome del consumo, costos financieros asfixiantes y una aceleración de las importaciones que desplaza producción nacional.
La crisis de la industria textil argentina ya dejó de ser un problema limitado a algunas fábricas aisladas. En los últimos meses comenzaron a multiplicarse los concursos preventivos, cierres de operaciones y reestructuraciones dentro de una cadena productiva que históricamente fue una de las mayores generadoras de empleo industrial del país.
El fenómeno atraviesa prácticamente todos los segmentos del negocio: hilanderías, fabricantes de ropa interior, indumentaria infantil, talleres que trabajaban para marcas masivas y empresas integradas con producción propia. Aunque cada caso tiene particularidades distintas, los expedientes judiciales repiten un mismo combo: caída abrupta del consumo interno, aumento de costos, financiamiento cada vez más caro y avance de productos importados que presionan sobre los precios locales.
A eso se suma un cambio estructural que empieza a modificar toda la lógica de la industria. Muchas marcas que históricamente fabricaban en el país comenzaron a migrar hacia modelos basados en importación directa, abastecimiento desde Asia y ventas a través de plataformas online, reduciendo pedidos a talleres y proveedores locales.
El resultado ya se refleja en toda la cadena: suspensiones de personal, reducción de turnos, capacidad ociosa, cierre de líneas de producción y compañías históricas buscando refugio judicial para evitar un colapso definitivo.
De empresas centenarias a marcas infantiles: la lista de compañías que quedaron atrapadas en la crisis
Uno de los casos más recientes fue el de A. Mutz y Cía., histórica textil fundada hace más de 120 años y dedicada a la fabricación de medias, ropa interior y tejidos de punto. La empresa, dueña de marcas como Zorba, Mercury y Mutz Sport, ingresó formalmente en concurso preventivo después de reconocer una situación de cesación de pagos y un deterioro financiero que terminó afectando toda su operatoria.
En su presentación judicial, la compañía explicó que la combinación de inflación, caída del consumo, suba de tarifas, costos laborales y tasas financieras terminó erosionando por completo sus márgenes. Pero además hizo especial foco en el crecimiento de las importaciones textiles, especialmente desde China, Brasil y Bangladesh, con precios que la empresa calificó como imposibles de igualar para buena parte de la industria local.
El caso llamó la atención porque la propia compañía reconstruyó cómo había logrado sobrevivir a algunas de las peores crisis económicas argentinas, incluido el “Efecto Tequila” de los noventa y el colapso de 2001. Durante esos años incluso logró expandirse, comprar maquinaria y desarrollar exportaciones. Sin embargo, admitió que el escenario actual terminó desbordando la estructura financiera de la empresa.
Otra de las firmas que terminó recurriendo a la Justicia fue Textilana, fabricante marplatense de la marca Mauro Sergio y una de las textiles más emblemáticas de la ciudad. La empresa se presentó en concurso preventivo luego de varios meses de suspensiones, menor actividad y fuerte caída de ventas.
La compañía llegó a suspender a 175 trabajadores entre noviembre de 2025 y marzo de este año mientras buscaba reorganizar su estructura financiera y sostener la continuidad productiva. El expediente expuso además un pasivo millonario y una fuerte retracción del mercado interno, especialmente en el segmento de indumentaria.
La crisis también golpeó a empresas que durante años trabajaron como proveedoras de grandes marcas. Ese fue el caso de Fantome Group, fabricante que llegó a producir para etiquetas como Reebok, Kappa, Billabong, Cheeky, Mimo y Kosiuko.
En su presentación judicial, la empresa describió un escenario de “competencia diabólica” frente al ingreso de productos importados y explicó que muchas de las marcas para las que producía comenzaron a reemplazar fabricación nacional por importaciones directas. La pérdida de contratos terminó desarticulando buena parte de su estructura industrial.
Fantome fue una de las compañías que más claramente expuso un fenómeno que preocupa a todo el sector: marcas locales que mantienen presencia comercial en Argentina pero dejan progresivamente de producir en el país.

Capacidad ociosa, importaciones y un negocio que cambia de modelo
Otro expediente que dejó en evidencia el deterioro del sector fue el de Owoko, la marca de indumentaria infantil que operaba a través de las sociedades De Niños y Kokoloko. La empresa llegó a tener más de 40 locales en todo el país, pero terminó atravesando un proceso concursal en medio de una fuerte caída de ventas, cierre de sucursales y un pasivo superior a los $2.800 millones.
En su presentación, la firma explicó que el deterioro del poder adquisitivo impactó de lleno sobre el consumo de indumentaria infantil, pero también advirtió sobre el avance del comercio electrónico internacional y el cambio en los hábitos de compra.
La crisis alcanzó además a uno de los grupos textiles más importantes del país. Hilado S.A., integrante del grupo TN Platex controlado por la familia Karagozian, también recurrió a concurso preventivo mientras el holding avanzaba con recortes y reestructuraciones.
Al justificar la situación, la empresa apuntó directamente contra la apertura de importaciones, la desregulación de ventas a través de plataformas extranjeras, el ingreso de ropa usada y el elevado costo financiero.
En paralelo, el grupo decidió cerrar DFAC (De Fábrica al Consumidor), el proyecto impulsado por Teddy Karagozian que buscaba comercializar ropa básica producida íntegramente en Argentina. El cierre terminó funcionando como una señal simbólica para el sector: incluso iniciativas enfocadas en producción nacional comenzaron a perder competitividad frente al avance importador.
Otro de los casos que expuso la profundidad del deterioro industrial fue el de Textil Amesud, firma vinculada al empresario Yeal Kim, ex presidente de Fundación Pro Tejer. La compañía reconoció estar trabajando apenas entre 20% y 30% de su capacidad instalada, niveles que dentro del sector consideran directamente inviables para sostener costos operativos.
A esa lista ahora también se sumó Ted Bodin, firma de indumentaria femenina fundada en 1984 y con presencia histórica en centros comerciales y locales propios en distintas provincias.
En su presentación judicial, la empresa sostuvo que el modelo comercial dejó de ser sustentable luego de una caída superior al 40% en las ventas reales durante los últimos dos años. La compañía explicó que el consumidor comenzó a priorizar precio por sobre cualquier otra variable, en un mercado atravesado por el crecimiento de la oferta importada y las plataformas digitales internacionales.
El expediente menciona de manera explícita el impacto de jugadores globales como Shein y Temu, que permiten comprar ropa a bajo costo con entrega directa en el país, afectando el tráfico en locales físicos y presionando sobre los precios del mercado local. A ese escenario se sumó una estructura difícil de sostener: alquileres ajustados por inflación, presión impositiva y costos financieros en aumento.
En paralelo, dentro del sector textil empiezan a advertir que el problema ya no responde únicamente a una coyuntura económica recesiva sino a un cambio mucho más profundo en el modelo de negocios. La combinación entre importaciones más flexibles, plataformas internacionales, consumo deprimido y costos locales elevados está empujando a gran parte de la cadena industrial hacia un escenario de fuerte achicamiento.
Mientras tanto, las fábricas operan con altos niveles de capacidad ociosa y muchas empresas sobreviven financiando gastos corrientes con deuda de corto plazo, una dinámica que varios expedientes judiciales describen directamente como un “círculo de endeudamiento”.
Por ahora, los concursos preventivos aparecen como la cara más visible de una crisis que ya atraviesa a buena parte del entramado textil argentino y que empieza a poner en duda la sustentabilidad de un modelo industrial que durante décadas funcionó apoyado en producción local, integración fabril y consumo interno.


