Argentina y la Deuda: radiografía de un año de cambio estructural en las finanzas públicas
Un año después de asumir un nuevo gobierno, Argentina atraviesa un momento de redefinición en su política de endeudamiento. Aunque el volumen de la deuda pública sigue siendo elevado, las transformaciones registradas entre junio de 2024 y junio de 2025 no solo modificaron su composición y estructura, sino también el modo en que el país enfrenta sus compromisos financieros. En este informe especial, analizamos los cambios más relevantes, comparamos con las gestiones anteriores y proyectamos qué puede esperarse hacia octubre de este año.
De la urgencia al reordenamiento: cómo evolucionó la deuda argentina en un año
El escenario económico de mediados de 2024 presentaba a un Estado con una deuda bruta de USD 442.500 millones, de los cuales más de la mitad estaba denominada en moneda extranjera. A primera vista, la situación no distaba demasiado de la heredada. Sin embargo, al analizar en detalle los movimientos realizados durante el último año, se observa una reconfiguración silenciosa pero profunda.
A junio de 2025, el stock de deuda pública se ubica en torno a los USD 461.000 millones. El incremento neto del 4,2% podría sugerir continuidad, pero se trata de una lectura superficial. La clave está en cómo se ha transformado la composición de ese pasivo. Por un lado, disminuyó la deuda en moneda extranjera. Por otro, creció la emisión de títulos en pesos, la mayoría a tasa fija o vinculados a inflación, pero en plazos más extensos y con menor exposición a saltos cambiarios.
Al mismo tiempo, el Gobierno implementó una operación inédita: asumió parte de la deuda cuasifiscal del Banco Central, transfiriendo al Tesoro títulos por decenas de miles de millones de dólares equivalentes. Esta operación aumentó el stock contable del Tesoro, pero redujo la deuda consolidada del Estado nacional. En los hechos, Argentina logró un fenómeno poco común en su historia reciente: desendeudarse netamente en términos reales, sin defaultear, sin licuar pasivos por inflación y con superávit primario.
Un cambio de lógica: menos divisas, más pesos, más previsibilidad
Uno de los datos más reveladores del nuevo enfoque es la caída de la participación de deuda indexada por inflación en las nuevas emisiones. Mientras en 2023 más del 90% de los títulos en pesos estaban atados al CER, en 2025 esa proporción ronda apenas el 10%. El resto son bonos a tasa fija, algunos con vencimientos de hasta 5 años.
La duración promedio de la deuda en pesos, que hace un año era de solo 1 día (por el peso de las Leliqs del BCRA), se incrementó a casi 12 meses. Esto implica una mejora sustancial del perfil de vencimientos, que disminuye el riesgo de refinanciamiento permanente. Además, se realizaron emisiones que marcan hitos: el Bonte 2030, por ejemplo, fue el primer título colocado en dólares en el mercado internacional desde 2018.
Otra decisión estratégica fue permitir la suscripción en dólares de bonos en pesos a largo plazo, lo que busca atraer ahorro externo sin incrementar deuda en moneda dura. A esto se suma un esquema de licitaciones predecibles, con instrumentos definidos por plazos y monedas, que brinda mayor transparencia y previsibilidad al mercado.
El espejo del pasado: comparar para entender la magnitud del giro
Para entender qué tan disruptiva ha sido esta transformación, es necesario ponerla en perspectiva. A continuación, un repaso del comportamiento de la deuda durante los gobiernos recientes:
- Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015): heredó una economía con bajo acceso al crédito externo. En sus dos mandatos, la deuda creció en unos USD 82.000 millones, pero el ratio deuda/PBI disminuyó por efecto del crecimiento y la inflación. La mayor parte de la deuda era interna y con agencias estatales.
- Mauricio Macri (2015-2019): reabrió el acceso a los mercados internacionales y tomó más de USD 50.000 millones en deuda nueva, incluida la línea récord del FMI. El ratio deuda/PBI saltó de 53% a más del 80%, con una estructura muy expuesta a shocks externos.
- Alberto Fernández (2019-2023): enfrentó la pandemia y una economía sin reservas. La deuda creció en más de USD 90.000 millones y se mantuvo cercana al 88% del PBI. Aumentó la proporción en pesos, pero también se multiplicaron los pasivos remunerados del BCRA.
- Javier Milei (2023-2025): en sus primeros seis meses, la deuda bruta del Tesoro aumentó nominalmente, pero al considerar el traspaso de pasivos del BCRA, la deuda consolidada cayó. A fines de 2024, la deuda con el sector privado y organismos representaba menos del 40% del PBI, tras haber sido cercana al 100% solo un año antes.
La conclusión es contundente: ninguna de las gestiones anteriores logró una caída tan rápida y profunda de la relación deuda/PBI, ni una transformación estructural tan marcada en la forma de financiar al Estado.
Qué esperar hacia octubre: entre la consolidación y el desafío de sostener el rumbo
El panorama hacia el último trimestre del año está determinado por tres factores clave: la política fiscal, el tipo de cambio y el acceso al crédito.
1. Política fiscal: la gran ancla
El superávit primario alcanzado en los primeros meses de 2025 fue decisivo para estabilizar las cuentas. Si se sostiene, permitirá no solo evitar nueva deuda neta, sino también cancelar anticipadamente pasivos heredados. Se espera que gran parte del financiamiento en lo que resta del año sea “rollover” de vencimientos, sin necesidad de incrementar el stock global.
2. Tipo de cambio: el termómetro de la sostenibilidad
Tras la salida del cepo, el tipo de cambio mostró una relativa estabilidad, e incluso una apreciación real. Esto, sumado a la caída de la inflación, permite que la deuda en pesos deje de escalar por indexación. Si el equilibrio cambiario se mantiene, el ratio deuda/PBI podría seguir bajando.
3. Acceso a mercados: ¿vuelve la Argentina creíble?
La reciente emisión de bonos con aceptación internacional, sumada a la baja del riesgo país, abre la posibilidad de que Argentina vuelva gradualmente al mercado voluntario. Sin embargo, las autoridades han insistido en que no buscarán financiamiento para gastos corrientes, sino para mejorar el perfil de vencimientos.
Conclusión: menos deuda no es solo un número, es un cambio de modelo
El endeudamiento público argentino no es solo una cuestión de cifras. Es una herramienta, una consecuencia y un reflejo de cómo se gestiona el Estado. En los últimos doce meses, el país no solo contuvo el crecimiento del pasivo, sino que modificó las reglas del juego financiero estatal: menos deuda en dólares, menos dependencia del corto plazo, más previsibilidad, más disciplina fiscal y mayor coordinación entre el Tesoro y el Banco Central.
El gran desafío es sostener este nuevo modelo más allá del shock inicial de ajuste. Si lo logra, la Argentina no solo habrá reordenado su deuda: habrá dado un paso firme hacia un Estado solvente, menos vulnerable y más autónomo.


